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La Catrina: de la calavera garbancera de Posada al ícono de Muertos

La Catrina nació como la calavera garbancera de José Guadalupe Posada y Diego Rivera la vistió de gala. Su historia y dónde verla en CDMX y Aguascalientes.

Por Redacción México Lindo 17 de octubre de 2026 Lectura: 4 min
Ilustración de una figura de calavera Catrina con un enorme sombrero de ala ancha rojo y naranja adornado con flores y pétalos amarillos, corpiño naranja bordado y falda azul y naranja, sobre un fondo cálido en penumbra
Imagen ilustrativa generada con IA

Por Marisol Escandón

En el Museo Mural Diego Rivera, a unos pasos de la Alameda Central, el visitante tiene que retroceder para abarcarlo todo. El mural mide más de 15 metros de largo y está lleno de color: el follaje verde de la Alameda, vestidos de época, sombreros, globos y rostros de la historia de México que parecen pasear un domingo cualquiera. Justo al centro, con un sombrero de ala ancha coronado de plumas y una estola que se enrosca como serpiente, una calavera elegante sonríe mientras toma de la mano a un niño y del brazo a un señor de bigote. El niño es Diego Rivera; el señor, José Guadalupe Posada. Ella es La Catrina, la dama huesuda que cada noviembre llena calles, ofrendas y desfiles de todo el país.

Hoy es imposible pensar el Día de Muertos sin ella. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) la describe como un ícono popular que ha cruzado fronteras y que se ha vuelto especialmente querido por las generaciones jóvenes, que cada noviembre se caracterizan como Catrinas. Pero su historia empezó lejos de los desfiles: en una plancha de metal, en el taller de un grabador que hizo de la muerte una forma de contar la vida.

José Guadalupe Posada, el grabador de las calaveras

Posada nació el 2 de febrero de 1852 en el barrio de San Marcos, en Aguascalientes. Según el Ayuntamiento de esa ciudad, aprendió litografía con el editor José Trinidad Pedroza, con quien publicó caricaturas en el periódico El Jicote, y después se instaló en León, Guanajuato. Tras la inundación que devastó León en 1888 se trasladó a la Ciudad de México y, de acuerdo con la cronología del Museo Nacional de Arte, en 1889 inició una larga colaboración con la imprenta de Antonio Vanegas Arroyo, para la que ilustró hojas volantes, cuadernillos, corridos y noticias de sensación que se vendían en plazas y mercados.

Murió en pobreza el 20 de enero de 1913, en el barrio de Tepito, y su cuerpo fue a dar a una fosa común. Se estima que su obra publicada llega a unas 20 mil piezas. La Secretaría de Cultura recuerda que, desde los gobiernos de Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada hasta el Porfiriato, las calaveras acompañadas de versos burlones se volvieron populares en los periódicos de combate, y que Posada destacó entre otros grabadores del género como Constantino Escalante, Santiago Hernández y Manuel Manilla. Sus esqueletos bebían pulque, montaban a caballo, bailaban en fiestas de barrio o de alta sociedad, y retrataban con humor los errores políticos y la hipocresía de su tiempo.

De calavera garbancera a La Catrina

La figura que hoy conocemos nació con otro nombre: La Calavera Garbancera. De acuerdo con la Secretaría de Cultura, Posada la grabó en metal para criticar a los llamados garbanceros, personas de origen indígena que pretendían pasar por europeas y renegaban de sus raíces. Su calavera no lleva ropa, solo un sombrero fastuoso; era una burla para quienes aparentaban un estilo de vida que no les correspondía. El INAH la lee también como una sátira de la vanidad. El entonces Conaculta situó su creación hacia 1910, cuando celebró su centenario.

El salto definitivo lo dio Diego Rivera. Entre julio y septiembre de 1947 pintó al fresco Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central para el comedor del Hotel del Prado, con la ayuda de los artistas Rina Lazo y Pedro A. Peñaloza. La obra mide 4.17 por 15.67 metros y pesa 35 toneladas. Ahí, por primera vez, la calavera aparece vestida de pies a cabeza, al lado de su creador. Como «catrín» se llamaba al hombre elegante de fines del siglo XIX y principios del XX, Rivera la bautizó La Catrina y le dio la forma con la que hoy la reconocemos.

Dónde ver a La Catrina y conocer su historia

El mural sobrevivió a una historia digna de novela. El Hotel del Prado quedó casi destruido con los sismos de 1985; el fresco, que para entonces estaba en el vestíbulo, se rescató y el 14 de diciembre de 1986 fue trasladado en una operación de unas 12 horas en la que participaron más de 300 trabajadores. Para albergarlo se construyó el Museo Mural Diego Rivera, inaugurado el 19 de febrero de 1988 en Balderas esquina con Colón, en el Centro de la Ciudad de México. El Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura informa que abre de martes a domingo, de 10:00 a 18:00 horas, con entrada general de 45 pesos y acceso libre los domingos.

La otra parada obligada está en la tierra del grabador. El Museo José Guadalupe Posada, en el Jardín del Encino de la ciudad de Aguascalientes, fue inaugurado el 16 de septiembre de 1972 y conserva placas y estampas del artista y obra de Manuel Manilla. De acuerdo con el Ayuntamiento, abre de miércoles a domingo, de 11:00 a 18:00 horas, con entrada de 20 pesos y acceso libre los miércoles. En temporada de muertos, la ruta puede seguir con las Catrinas monumentales de Atlixco, con el papel picado de Huixcolotla que adorna las ofrendas o con las calaveritas de la Feria del Alfeñique en Toluca.

La celebración del Día de Muertos forma parte, desde 2008, de la lista representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO, y La Catrina se ha convertido en su rostro más reconocible. Detrás de su sonrisa elegante sigue latiendo la intención de Posada: recordarnos, con humor y sin solemnidad, que bajo el sombrero más fino todos somos iguales.

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