Izamal: la ciudad amarilla donde conviven pirámides y conventos
Izamal, la ciudad amarilla de Yucatán: por qué se pintó de ocre, el convento de 75 arcos, la pirámide Kinich Kakmó y cómo llegar desde Mérida o en Tren Maya.
Por Xóchitl Manzanares
El primer golpe es de color. Al acercarse al centro de Izamal, las fachadas se encienden en un amarillo ocre que contrasta con el blanco de cornisas, pilastras y marcos de ventana, y el cielo de Yucatán parece todavía más azul por comparación. Se oye el trote de un caballo: una calesa avanza despacio rumbo a la plaza. Arriba, sobre una plataforma de piedra, corre la larga fila de arcos del convento de San Antonio de Padua, y unas cuadras más allá asoma un cerro cubierto de monte que en realidad es una pirámide maya. En Izamal no hace falta imaginar el pasado: se camina encima de él.
La ciudad está a 72 kilómetros al oriente de Mérida y forma parte del programa de Pueblos Mágicos. Sus habitantes la llaman también la ciudad de los cerros, por las pirámides que los españoles encontraron cubiertas de vegetación, y la ciudad de las tres culturas, porque en sus calles se enciman el mundo maya, la Colonia y la vida diaria de hoy. Es un destino que se recorre a pie, sin prisa y con la mirada hacia arriba.
Por qué Izamal es la ciudad amarilla
Hay varias explicaciones populares. Algunos vecinos dicen que el amarillo honra al maíz, del que según el Popol Vuh fueron hechos los primeros hombres; otros aseguran que el pueblo se pintó para recibir al papa Juan Pablo II en 1993. El cronista de la ciudad, Miguel F. Vera Lima, ofrece otra historia: el tono ocre data de la administración del alcalde Jorge Carlos González Rodríguez, entre 1959 y 1961, cuando el Ayuntamiento decidió borrar la propaganda comercial que cubría las fachadas del centro y pintarlas de manera uniforme en amarillo y blanco.
Lo que empezó como una medida municipal en años de declive del henequén se volvió identidad. El primer cuadro fue adoptando el color casa por casa, y en enero de 2003 se publicó en el Diario Oficial del Estado el reglamento que hizo obligatoria la combinación de amarillo y blanco en casas y edificios del centro. Por eso hoy la uniformidad no es casualidad: es una decisión que el pueblo sostiene con brocha y cubeta.
El convento de San Antonio de Padua y su atrio de 75 arcos
El convento fue fundado en 1549 por fray Diego de Landa y los misioneros franciscanos, sobre un basamento prehispánico que el INAH identifica como Ppap Hol Chak. Se sube por rampas de piedra hasta una portada sencilla que se abre al atrio: un rectángulo rodeado por 75 arcos que ocupa 7,806.43 metros cuadrados. El gobierno de Yucatán lo describe como el atrio cerrado más grande de América y el segundo del mundo, solo detrás de la Plaza de San Pedro, en el Vaticano.
Dentro del templo brilla un retablo barroco cubierto de oro y se venera a la Virgen de la Purísima Concepción, imagen que Landa trajo desde Guatemala. Ese mismo atrio fue escenario de un momento histórico: el 11 de agosto de 1993, Juan Pablo II celebró ahí una misa ante unas 6 mil personas y se dirigió a representantes de pueblos indígenas de todo el continente. Al caer la tarde, cuando el sol baja, los arcos se tiñen de un dorado más intenso y el patio se llena de sombras largas.
Kinich Kakmó y las pirámides de Izamal
Según el INAH, Izamal es una de las ciudades más antiguas del área maya, anterior incluso a Chichén Itzá y Uxmal, con más de 2,500 años de ocupación que comenzaron en el Preclásico Medio, entre el 700 y el 450 antes de nuestra era. Aquí se veneraba a Zamná, dios creador, y desde aquí se difundió una arquitectura llamada megalítica, de enormes bloques apilados en junta seca, esquinas redondeadas y escalinatas amplias. Su influencia se extendió por una red de sacbeo’ob, los caminos blancos mayas, que abarcaba más de 5,000 kilómetros cuadrados.
La gran protagonista es Kinich Kakmó, en el costado norte de la plaza principal y dedicada a la deidad solar; su nombre suele traducirse como guacamaya de fuego con rostro solar, y la Secretaría de Cultura la considera la estructura más grande de la península. La zona arqueológica abre de lunes a domingo de 8:00 a 17:00 horas, con último acceso a las 16:00, y la entrada no tiene costo. También están abiertos Itzamatul, El Conejo y Habuk. Desde la cima de Kinich Kakmó, como promete el propio INAH, la vista es incomparable: un mar verde de monte con el convento amarillo flotando en medio.
Arte popular y sabores yucatecos
Frente a la plaza principal, en una casona antigua, el Centro Cultural y Artesanal de Izamal reúne una exposición de arte popular ligada al programa de apoyo de Fomento Cultural Banamex, con piezas de grandes maestros en barro, madera, metal, fibras vegetales y textil. Es una buena pausa a media mañana, cuando el calor aprieta y el empedrado devuelve la luz del sol.
La comida es otra razón para quedarse. En Izamal la cocina yucateca se sirve con orgullo: recados de achiote, cebolla morada encurtida, chile habanero y tortillas recién hechas. Si quieres entender de dónde salen esos sabores, en México Lindo contamos la historia de la cochinita pibil y el horno de tierra, un platillo que aquí se come como en casa.
Cuándo ir y cómo llegar a Izamal
El clima es tropical y, según la Secretaría de Turismo, en invierno la temperatura no baja de 18 °C, así que de noviembre a febrero el paseo resulta más amable. Las fiestas mayores son la de San Antonio de Padua, en junio, y la de la Purísima Concepción, cada 8 de diciembre, con misas, procesiones y música. Para Día de Muertos, el 2 de noviembre, las familias adornan los cementerios durante el Hanal Pixán, la temporada del mucbipollo, el gran tamal enterrado. En octubre todavía es temporada de lluvias y de ciclones en el Atlántico, por lo que conviene revisar el pronóstico antes de salir.
Desde Mérida se toma la carretera federal 180 rumbo a Cancún y, en el poblado de Hoctún, el libramiento que lleva a Izamal; otra ruta, más angosta, cruza Tixkokob, Euán, Cacalchén y Citilcum. El Tren Maya tiene una estación Izamal en la comisaría de Kimbilá, a unos 7 kilómetros del centro, desde donde se continúa en taxi o transporte local. Ya en el pueblo, todo queda cerca: basta caminar, o subirse a una calesa, para que la ciudad amarilla vaya contando su historia de esquina en esquina.


