Saltar al contenido
jueves 29 de octubre de 2026 Anúnciate con nosotros  ·  Contacto

MÉXICO LINDO

El país contado a colores

Principal

Mariposa monarca: el invierno naranja de los bosques de oyamel

La mariposa monarca llega cada noviembre a los bosques de oyamel de Michoacán y el Estado de México. Su viaje, la reserva y cómo visitar los santuarios.

Por Redacción México Lindo 17 de octubre de 2026 Lectura: 5 min
Ilustración de un bosque de coníferas envuelto en neblina verde, con un sendero que se pierde al fondo y varias mariposas monarca de alas naranjas con bordes negros volando entre helechos y plantas del sotobosque
Imagen ilustrativa generada con IA

Por Xóchitl Manzanares

En la sierra del oriente de Michoacán, a esas alturas donde el aliento se vuelve vaho, el bosque huele a resina y a tierra húmeda. Los troncos de los oyameles parecen vestidos de hojas secas color ocre, pero no son hojas: son racimos apretados de mariposas que duermen colgadas unas de otras. Basta que el sol de media mañana atraviese la neblina para que el paisaje despierte. Las alas se abren y aparece el naranja encendido con nervaduras negras; miles de ellas se sueltan de las ramas, cruzan los rayos de luz y llenan el aire de un rumor suave, parecido a una llovizna. Así se vive el invierno de la mariposa monarca en los santuarios de Michoacán y el Estado de México.

Ese escenario está protegido por la Reserva de la Biosfera Mariposa Monarca, que administra la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp). Abarca 56,259 hectáreas repartidas en municipios como Ocampo, Angangueo, Senguio, Zitácuaro y Contepec, en Michoacán, y Temascalcingo, San José del Rincón, Donato Guerra y Villa de Allende, en el Estado de México. Tiene tres zonas núcleo que suman 13,551 hectáreas. Su historia de protección comenzó en 1980, cuando se decretaron como zona de reserva los sitios de hibernación; en 1986 se crearon cinco santuarios con 16,110 hectáreas, y el decreto vigente, del 10 de noviembre de 2000, amplió la superficie a la actual. El 8 de julio de 2008 la UNESCO la inscribió en la lista del Patrimonio Mundial.

El viaje de la mariposa monarca hasta el centro de México

Pocas travesías en la naturaleza son tan asombrosas. De acuerdo con la Conanp, cada otoño millones de monarcas salen de Canadá y del noreste de Estados Unidos, cruzan el norte de México y recorren una ruta de entre 4,000 y 4,500 kilómetros. Vuelan de 100 a 120 kilómetros al día, durante ocho o nueve horas, y por las noches descansan en grupos de hasta 600 mariposas por árbol. Este año ya vienen en camino: el 17 de octubre, el programa Correo Real de la asociación Profauna reportó, según la prensa nacional, miles de ejemplares sobre Sabinas, Coahuila, empujados por los vientos del norte.

Las que llegan a México pertenecen a una generación especial, llamada Matusalén, que vive cinco veces más que las otras. Alcanzan los bosques del Estado de México y Michoacán hacia la primera semana de noviembre, pasan ahí el invierno y, en la reserva, se cortejan y se reproducen. En marzo emprenden el regreso, pero ninguna de las mariposas que nacen después volverá: serán sus descendientes, varias generaciones más tarde, quienes repitan el viaje el siguiente otoño. Las colonias se instalan en bosques de oyamel, un árbol que crece entre los 2,400 y los 3,600 metros sobre el nivel del mar y que les ofrece el refugio necesario para resistir el frío.

Almas que vuelven en noviembre

La llegada de la monarca nunca ha pasado inadvertida para los pueblos de la región. La Conanp recoge que los purépechas que habitaban la zona antes de la llegada de los españoles la consideraban el alma de los muertos, porque su arribo coincidía con el 1 y el 2 de noviembre y lo interpretaban como el anuncio de la visita de los difuntos. Los mazahuas y los otomíes, en cambio, la llamaron «la cosechadora», porque aparecía en tiempo de cosecha y se marchaba cuando empezaba la preparación de la siembra. Ambas historias siguen vivas en la memoria de esas comunidades, y le dan otra profundidad a un viaje de temporada que bien puede combinarse con la velación en Pátzcuaro y Janitzio.

Cómo visitar los santuarios de la mariposa monarca

Los santuarios abren cuando las colonias ya están asentadas, y la fecha la anuncian cada año la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), la Conanp y los gobiernos estatales. Para la temporada 2026-2027 todavía no hay anuncio oficial. Como referencia, la temporada pasada abrió el 22 de noviembre de 2025 y cerró el 31 de marzo de 2026, con horario de 8:00 a 17:00 horas, en cuatro paradores: El Rosario, en Ocampo; Sierra Chincua, en Angangueo, y Senguio, en Michoacán, además de Piedra Herrada, en San Mateo Almomoloa, en el Estado de México. Este último queda a buen tiro de una escapada a Valle de Bravo, mientras que Zitácuaro, donde tiene su sede la dirección de la reserva, es una base práctica para subir a El Rosario y Sierra Chincua.

La subida se hace por senderos entre el bosque, y conviene tomarla con calma: el aire es delgado a esa altitud, el frío de la mañana cala y las mariposas se observan mejor en silencio. Lleva abrigo, calzado cerrado y agua, no salgas de las veredas marcadas y no levantes ni toques a los ejemplares que descansan en el suelo. La Conanp pide seguir su Código de Turista Responsable para no perturbar a las monarcas ni su ruta migratoria. Los días soleados son los más vistosos, porque el calor anima a las colonias a volar y a bajar en busca de agua.

Una población que vuelve a crecer

Cada invierno, la Conanp y WWF México miden la superficie de bosque que ocupan las colonias, un indicador del tamaño de la población. En la temporada 2025-2026 registraron nueve colonias, tres en Michoacán y seis en el Estado de México, que cubrieron 2.93 hectáreas, un aumento de 64 por ciento respecto a las 1.79 hectáreas de la temporada anterior. La colonia más grande se instaló en el ejido El Rosario, con 1.622 hectáreas. Las cifras todavía quedan lejos del máximo histórico, de 18.19 hectáreas en 1996-1997, pero muy por encima del mínimo de 0.67 hectáreas en 2013-2014, y confirman un segundo año seguido de recuperación.

Ver un bosque entero teñirse de naranja es una de esas experiencias que recuerdan por qué México enamora a quien lo recorre. El viaje puede alargarse por los pueblos del oriente michoacano o por la ruta que va de Morelia al lago de Pátzcuaro, pero el momento que se queda grabado es otro: el instante en que el sol toca los oyameles, las ramas parecen encenderse y una nube de alas vuelve a levantarse sobre la montaña, como lo ha hecho cada invierno desde mucho antes de que llegáramos a mirarla.

Más de Principal