Laca de Olinalá: el arte guerrerense que huele a lináloe
La laca de Olinalá, Guerrero, une tierras, aceite de chía y madera de lináloe en cajas que perfuman. Su técnica, el rayado y el dorado, y la fiesta de octubre.
Por Marisol Escandón
Al levantar la tapa, lo primero que llega es el aroma: dulce, resinoso, como copal recién encendido. Viene de la madera de lináloe, que en las cajas finas se deja sin laquear por dentro para que guarde su perfume. Por fuera, la superficie es negra y tan lisa que refleja la luz de la ventana, y sobre ella brotan flores rojas, hojas verdes y pájaros de colores trazados con pinceles finísimos. En un taller de Olinalá, el rayador corre sobre una capa de color y, línea a línea, deja ver el color que esconde debajo. Así nace la laca de Olinalá, un oficio de raíz prehispánica que se trabaja capa por capa y sin prisa.
Olinalá es un municipio de la región de La Montaña, en el noreste de Guerrero, colindante con Puebla y a unas dos horas y media de Chilpancingo, según la Secretaría de Turismo estatal. Su nombre se volvió sinónimo de su artesanía: desde 1994 la laca de esta tierra tiene Denominación de Origen, registrada un año después ante la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, y el 22 de julio de 2022 el Diario Oficial de la Federación publicó una nueva declaración de protección, Lacas de Olinalá, que delimita como zona protegida a todo el municipio.
Qué es la laca de Olinalá
La declaración oficial la describe como una técnica artesanal de origen prehispánico: una mezcla de tierras dolomíticas, grasa animal y aceites vegetales que se extiende, de preferencia con la palma de la mano, en capas uniformes sobre guajes, jícaras, bateas u objetos de madera. En el pueblo, al trabajo se le llama obra, y se distingue la obra fina, que conserva los materiales y procesos tradicionales, de la obra corriente, que sustituye algunos por insumos industriales. Según el Sistema de Información Cultural de la Secretaría de Cultura, en Olinalá se pintan jícaras desde 1740.
La madera estrella es el lináloe, un tipo de copal. Para obtener la más aromática, los cortadores practican la cala: abren una herida en el tronco y, si la madera de adentro es amarillenta y muy olorosa, cortan el árbol; si no, lo dejan herido unos meses para que forme su corazón perfumado. Después, las tablas se curan una hora en agua hirviendo y se secan al sol cerca de 20 días. Así salen las cajas, los baúles y los arcones que por tradición se regalaban en las bodas y que en Olinalá se conocen como baúles de donas.
Tierras, chía y plumas: el proceso de la laca
La laca se hace con tres tierras de la región. El tecoxtle, un óxido de hierro, se muele y se mezcla con aceite para formar la primera capa, que los artesanos llaman barniz. El tezicáltetl, una piedra blanca y vidriosa hecha polvo, se espolvorea con una cola de venado para dar cuerpo. Y el toctetl, otra piedra blanca que se hornea al fuego antes de molerse, representa el 90 por ciento del material mineral y da consistencia a los colores. Cada capa se bruñe con piedras lisas hasta que la superficie queda compacta y brillante.
El aceite también cuenta su historia. Los maestros de obra fina usan aceite de chía, al que llaman chamate: la semilla se tuesta en comal de barro, se muele martajada, se amasa con agua tibia y se prensa envuelta en manta hasta que suelta el aceite. El resto de los talleres emplea aceite de linaza. Entre las herramientas propias del oficio figuran pinceles de pelo de gato, plumas de guajolote y el rayador tradicional, llamado tzompixtle. La declaración de 2022 reconoce que hoy los colores son industriales, porque el conocimiento de los pigmentos naturales se perdió.
El rayado y el dorado, las dos firmas de la laca de Olinalá
Hay dos grandes técnicas de decoración. El rayado, de origen prehispánico, consiste en aplicar una segunda capa de color y rasparla con una espina de huizache para descubrir el tono de abajo: así aparecen flores, hojas y animales en dos colores contrastantes. Su variante, el recortado o vaciado, desprende todo el contorno del dibujo. El dorado, de origen colonial, pinta directamente sobre la laca con pinceles finos y puede rematarse con hoja de oro o de plata. Cada artesano tiene su propio estilo, aunque las flores y la fauna son los motivos que más se repiten.
Los objetos tienen nombres que cuentan historias de comercio antiguo: cigarreras, pañueleras, corbateras y cajas de a real, peseteras o tostoneras, llamadas así por el precio en que se vendían. Como la Talavera de Puebla, otra artesanía con denominación de origen, o los alebrijes de Pedro Linares, la laca de Olinalá convierte el color en identidad.
Octubre en Olinalá: masúchiles y fiesta de San Francisco
Octubre es un mes especial en el pueblo. En sus primeros días se celebra a San Francisco de Asís, santo patrono, con la fiesta de los Masúchiles: estandartes de mano en forma de rama, de hasta dos metros de alto, forrados con hojas de zapote y adornados con flor de cempasúchil, pericón y chiles poblanos, que recorren las calles entre bandas de viento, danzas de jóvenes con máscaras y fuegos artificiales. La fiesta culmina cada 4 de octubre con misa en la iglesia de San Francisco, decorada con paneles de laca, y el Sistema de Información Cultural registra que en esas fechas se organiza un concurso de lacas tradicionales. La edición de este año ya pasó, pero el santo tiene otra fiesta el 20 de diciembre, con danzas como la de los Doce Pares de Francia y la de Tecuanes.
Para comprar, lo ideal es hacerlo directamente en los talleres y preguntar por la obra fina y por la madera de lináloe. Una caja bien cuidada se conserva cerrada y lejos del sol para que el aroma dure. Llevarse una pieza de Olinalá es llevarse capas de tierra de la montaña guerrerense, en la obra fina aceite de chía tostada en comal, y horas de trabajo que ninguna máquina puede imitar. Al abrirla en casa, el olor del lináloe vuelve a contar de dónde viene.


